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LA PROLIFERACIÓN DE LOS HOMBRES SÁNDWICH

 

Norberto Luis Romero


En invierno, a altas horas de la madrugada, únicamente permanecen en las calles de la ciudad los hombres sándwich, anunciando los mejores locales donde puede venderse el oro y la plata; de no ser por ellos, por su callada y recoleta presencia, las calles estarían desiertas.

Como improvisadas tiendas de campaña o casitas con techo a dos aguas, salpican las avenidas y bulevares con una escueta y mortecina luz de candela en su interior, como luciérnagas estremecidas por las heladas. No ha salido aún el sol cuando reviven, perezosamente se ponen en movimiento, comienzan a ir de un lado a otro, como tortugas o caracoles que arrastran sus hogares rígidos de madera, cubiertos de cifras mágicas y ofrecimientos de bonanza. Cuando uno de ellos resbala en el pavimento helado, pierde el equilibrio y cae al suelo, se convierte en un libro abierto lleno de tentadoras ofertas.

Si un hombre sándwich contrae matrimonio con una mujer también sándwich, la empresa de anuncios empleadora inmediatamente les proporciona uno nuevo, doblemente espacioso, en el que quepan ambos y de paso, por tener mayor superficie expositiva, los anuncios de compra de oro y plata son, asimismo, doblemente efectivos.

Es notorio que estos hombres y mujeres sándwich, a pesar de la bonanza que anuncian y las riquezas que prometen, son pobres de solemnidad, aunque en la historia del comercio y la publicidad hubo excepciones: quienes triunfaron llegaron a poseer cientos de anuncios propios que rentaban a otros hombres sándwich; así formaron un verdadero imperio cuyas ganancias reinvirtieron de inmediato en compraventas de oro y plata. Lo cierto, la regla, es que a medida que la sociedad mejora su poder adquisitivo, más necesarios son los hombres sándwich que publiciten las ventajas de vender esos metales preciosos que, por una razón u otra, ya no son necesarios en un hogar común y corriente.

Quiso la arbitrariedad o bien las alteraciones atmosféricas producidas por los magnetismos antagónicos, que una mañana los hombres sándwich, poco dormilones por naturaleza, se quedasen dormidos pasadas las seis, latentes como corazones atontados bajo su caparazón de madera, y los ciudadanos se vieron sorprendidos por una quietud inusual que, lejos de tranquilizar, producía zozobra, pues el círculo implacable de la rutina se vio de pronto alterado y nadie supo dónde debía dirigirse a colocar su oro esa mañana hasta que, cuando el sol elevó la temperatura y el bullicio de la ciudad arreció, los hombres sándwich rompieron el letargo, sacaron la cabeza por el vértice de los anuncios y se pusieron en marcha con paso vacilante.

Esto ocurrió un miércoles, y al día siguiente se repitió, si bien con menor intensidad; esto es que los hombres sándwich remolonearon de forma más dispar: unos madrugaron y otros no. Pudo verse entonces a personas que, inquietas o intrigadas, se asomaron tímidamente al interior de los carteles inmóviles por pura curiosidad, pero otros lo hicieron con la intención de despertarlos y exigirles que se pusieran en pie y comenzaran su trabajo. Es famosa la paradigmática paciencia de los hombres sándwich, su buen carácter así como su falta de genio e iniciativa, de manera que a nadie sorprendió su desinterés y falta de respuesta.

El viernes, cuando muchos aguardaban la hora de salir a la calle rumbo a los quehaceres y encontrarse con un sinnúmero de valvas inmóviles puestas de pie, salpicando las calles, por el contrario, se vieron gratamente sorprendidos ante una inusual febril actividad de hombres sándwich, correteando enérgicamente a lo largo de las avenidas, bulevares y peatonales, difundiendo ofertas magníficas e incluso verdaderas gangas de precios.

Y esa misma tarde, cuando los negocios estaban en su apogeo minutos antes de bajar sus rejas y persianas metálicas y echar llave, y el público se encontraba en pleno fervor mercantil vendiendo esa alianza de oro que perteneció a la abuela muerta, ese broche de platino y perlas fuera de moda heredado de una tía solterona, o el crucifijo hallado en el fondo de una gaveta y que nunca se supo a quien hubo pertenecido en aquella familia atea, los hombres sándwich se recogieron la unísono, plegaron sus valvas de madera, formaron sus tejados a dos aguas y metieron dentro la cabeza.

Una extraña luminosidad en el cielo, tal vez una desacostumbrada sobrecarga eléctrica producida por una desigual distribución de los metales preciosos a lo largo y ancho de la ciudad, produjo sutiles alteraciones magnéticas que influyeron en el sueño de los ciudadanos: algunos no pegaron ojo en toda la noche, atacados por un fuerte insomnio; otros durmieron a saltos, con dificultades par respirar y nadie esa noche tuvo deseos de hacer el amor o masturbarse. Por la mañana, si bien fueron casos aislados unos de otros y excepcionales, hubo bebés que aparecieron muertos por lo que se conoce como muerte súbita, fenómeno que carece de explicación lógica. Y fueron precisamente estas madres, enloquecidas por el dolor y la necesidad de dar sepultura a sus retoños, quienes se asomaron al interior de las cáscaras de los anuncios buscando el mejor precio del oro y llevando en sus brazos los curiecillos fríos, deslumbradas por la tibieza que allí dentro se generaba, rápidamente se introdujeron en ellas.

Si la indiferencia, a veces la desidia o bien la abulia de los hombres sándwich es célebre y paradigmática, lo es asimismo su escaso sentido de la propiedad, de modo que a nadie sorprendió que no se molestasen en rechazar a estas intrusas, madres todas ellas desesperadas, destrozados sus corazones por las súbitas muertes de sus hijos. Y cuando sus maridos o parejas acudieron en su busca, fueron recibidos, literalmente, con un cerrojazo de valvas, y por más que permanecieron hora tras hora junto a los anuncios herméticamente cerrados, las mujeres no se dignaron ni siquiera a asomar la nariz. Uno de estos hombres, casualmente propietario de varias casas de compra venta de oro y plata, a la vez esposo y padre, atormentado por ambas pérdidas simultáneas, era también un alto mandatario quien, de inmediato, decretó la incautación de los anuncios sin excepción, hubiera o no en ellos refugiadas madres.

En extensos terrenos vallados, a las afueras de la ciudad, se improvisaron grandes depósitos de anuncios donde en camiones abiertos trasladaron a los hombres sándwich, y se sellaron sus puertas, a la vez que se apostaron fieros guardias a sus lados y a lo largo de todo el perímetro alambrado. De este importantísimo acontecimiento nadie habló apenas, pero a pesar de este silencio, era palpable en el aire, en las calles principales, un las avenidas, un profundo malestar creciente, cierta zozobra que rasgaba el ambiente con sus uñas. En los enormes depósitos las madres improvisaron un cementerio y dieron sepultura a sus hijos, y los hombres sándwich, haciendo honor a su fama de indolentes, guardaron la calma: no se percibía en su conjunto alteraciones e incluso flotaba en el ambiente una relajada contención y, de cada anuncio, puesto sobre el suelo como un libro abierto boca abajo, escapaba del lomo una sutil columna de humo reconfortante por su calidez o por su aroma a especias, que la ausencia de brisa dejaba elevarse en blanquecina estricta verticalidad.

Es bien cierto que, mientras tanto, en la ciudad la gente iba y venía de un lado a otro con fingida seguridad, porque lo cierto es que ese exceso de actividad, casi vehemente, no se debía a otra cosa que no fuera la falta de estímulos y el extravío, pues nadie atinaba a dónde dirigirse, ni a qué precios vender sus joyas, ni quiénes ofrecían mayores sumas por un gramo de oro, ni dónde estaban las mejores ofertas del día.

Cuando las ondas electromagnéticas se desvanecieron de la atmósfera, las autoridades creyeron pasado el peligro, levantaron el estado e emergencia, ordenaron que se abrieran las puertas de los depósitos y la retirada de los guardias. Nada pareció alterarse entonces, todo continuó igual y nadie se movió un palmo de su sitio, hasta que pasados un par de días y aprovechando la absoluta oscuridad de la noche con un cielo cubierto de espesos nubarrones, sigilosamente los hombres sándwich se levantaron, se pusieron en marcha dejando atrás un sinnúmero de desperdicios y un puñado de cruces clavadas en la tierra fría, y se encaminaron a la ciudad, que hallaron desnuda, fría como un muerto. Cuando amaneció, los habitantes más madrugadores descubrieron con regocijo, las calles una vez más pobladas de hombres sándwich que iban alegremente de un lado a otro, volviendo a señalar los caminos a seguir hacia la transacción más ventajosa. Y fue tanta la alegría de volver a hallarlos, que inmediatamente se metieron debajo de los anuncios sin llamar ni esperar el visto bueno de sus dueños, entusiasmados, requiriendo que les contasen su aventura. Y encontraron dentro de las valvas de madera pintada tanta calidez, que decidieron no volver a salir, y enseguida llamaron por sus móviles a su familia, para que hicieran lo mismo. Consideraron esta determinación como una forma más de las tantas que existen para alcanzar la felicidad, o por lo menos cierta paz interior. Pero los propietarios de las compraventas de metales preciosos, a pesar de poseer una felicidad arraigada, no volvieron a conciliar el sueño con la facilidad de antaño, pues cada tanto, cuando sacaban la nariz por la ventana y olfateaban el aire, notaban en la atmósfera ciertos desequilibrios magnéticos que amenazaban estallar.


Norberto Luis Romero : Natural de Córdoba, Argentina, reside en España desde 1975. Es autor de relatos, novelista, director y profesor de cine. En 1983 publicó Transgresiones, en 1996 El momento del unicornio, reeditado en 2009. En 1996 Signos de descomposición, en 1999 La noche del Zeppelín y en 2002  Isla de sirenas, en 2003 Ceremonia de máscaras y The last night of carnival, relatos con traducción de H.E. Francis, en 2005 Bajo el signo de Aries, en  2008 el libro de cuentos El hombre en el mirador,  y Emma Roulotte, es usted, en 2009. En 2010  The Arrival of the Autunm in Contanstantinople. Sus cuentos aparecen habitualmente en prestigiosos periódicos, antologías y revistas literarias de España, Argentina, México, Chile, Perú, Canadá, Estados Unidos, Italia, Francia y Alemania, y tanto sus narraciones breves como sus novelas han merecido reconocimientos tanto por su estilo directo y ágil como por exhibir siempre una temática nada convencional y muy arriesgada.


 
 
 

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